REC: ven aquí
El anuncio de un cartel encabezado por Travis, junto a una nutrida presencia de artistas nacionales relevantes, ratifica una línea curatorial que el festival ha ido afinando con los años.
El anuncio de un cartel encabezado por Travis, junto a una nutrida presencia de artistas nacionales relevantes, ratifica una línea curatorial que el festival ha ido afinando con los años.
En 1976, el mundo parecía haber perdido su centro. Las promesas de los 60 ya no convencían, el optimismo se había vuelto ingenuo y la idea de progreso empezaba a crujir. La música de ese año no vuelve como archivo ni como fetiche: vuelve porque el clima emocional es inquietantemente parecido.
Queda entonces la pregunta inevitable: ¿de qué estaría hablando Bowie hoy?, ¿qué tipo de música estaría haciendo frente a un mundo polarizado, saturado de ruido, de verdades instantáneas y emociones administradas por algoritmo? Tal vez no tendría respuestas. Pero seguro estaría mirando donde duele, donde el lenguaje empieza a fallar, donde el presente se vuelve frágil.
Lo que duele y conmueve es que Lui Alberto Martínez se va justo cuando esa estética vuelve a ser valorada sin pedir perdón. Bloque Depresivo es el síntoma más visible: llenan, convocan, hacen coro colectivo con el melodrama que antes se escuchaba a escondidas. Cantan desde el mismo árbol genealógico: la pena como celebración comunitaria, el drama como lugar de encuentro.
Que en 2025 la canción más escuchada del mundo haya sido una que no responde a las modas no contradice el dominio del pop urbano ni del rap, sino que lo complementa y lo explica mejor.
Ahí está el fenómeno: canciones que no se presentan, no se explican, no piden permiso. Simplemente vuelven. Y lo hacen desligadas de su autor, de su época y, muchas veces, de su historia. El hit de Internet no se reconoce por quién lo canta, sino por haber sido viral.
Dicho eso no pretendo evangelizar a nadie. No vengo a dictar cátedra ni a levantar un tótem. Simplemente me animo, en este momento del año tan dado a los balances, a hablar de un disco. No el disco. Mi disco. El que, sin avisar, fue compañía, refugio y espejo. En mi caso, ese viaje personal tuvo nombre propio: Twilight Override, de Jeff Tweedy.
Chile tiene estadios gigantes y una constelación de recintos muy pequeños. Y entre medio, poco y nada. El vacío es tan grande que cada evento termina peleando por las mismas pocas canchas, los mismos domos, los mismos parques arrendables, como si estuviéramos en un país que recién empieza a recibir conciertos, no en uno que hace décadas presume un calendario internacional robusto.
El extraño caso de Cristian Castro es, finalmente, el de un artista que perdió el centro, vagó por los bordes y regresó sin pedir permiso. No volvió a través de un hit nuevo ni de una estrategia de marketing: lo hizo mediante algo más simple y más raro -una autenticidad torpe, luminosa e irresistible, respaldada por una carrera que, vista desde hoy, nunca dejó de importar.
Quizás la verdadera pregunta no es si Maná está por encima de R.E.M. o de Pearl Jam, o si los Beatles seguirán siendo los faraones del top cinco hasta el fin de los tiempos. La pregunta es por qué seguimos necesitando estas listas. ¿Para ordenar el caos? ¿Para tranquilizar la nostalgia? ¿Para creer que la historia de la música tiene forma de escalera y no de espiral?