Jaime Bassa, Ph.D.
Para cierto tipo de político, los de más baja estofa, la notoriedad es un fin en sí mismo, así que todo vale, hasta lo de más reducida calaña.
Para cierto tipo de político, los de más baja estofa, la notoriedad es un fin en sí mismo, así que todo vale, hasta lo de más reducida calaña.
Ljubetic atribuye conspiraciones a los demás porque así ha entendido siempre la política, como una sucesión de operaciones contra adversarios. Lo hizo en 2019, cuando el instituto prefirió avivar el fuego antes que defender a un gobierno democráticamente elegido de quienes querían derribarlo. Lo hizo en 2022, cuando empujó a Micco hacia la puerta. Está en su derecho de pensar así. No lo está de suponer que todos piensan como él.
¿Qué se conmemora, exactamente, cuando se conmemora el 18 de octubre? ¿El dolor de un país o la oportunidad que ese dolor les ofreció y les puede ofrecer a algunos?
Cada peso debe ir a lo que mueve la aguja y no a lo que satisface la ambición de quien corta la cinta. Es, otra vez, la distinción entre un programa que se justifica por lo que promete y uno que se justifica por lo que logra. Gobernar es priorizar.
Esos agresores no son un accidente, ni un puñado que se salió de control, ni la excepción que confirma la regla pacífica, como a algunos les acomoda convencerse. Son la expresión coherente de una convicción que una parte de la izquierda chilena nunca ha abandonado, la de que la calle otorga derechos que las urnas niegan.
Plaza Dignidad no fue bautizada en una sesión del concejo municipal ni en concurso público. Nació entre ataques, destrozos, barricadas, humo y saqueos, y se replicó en las plazas de buena parte de las capitales regionales. No seamos ingenuos, reivindicar el nombre, a estas alturas, es reivindicar el método.
La Corte Suprema, por la bendita porfía de Gloria Ana Chevesich, esta vez, decidió no ser cómplice de su propio deterioro. Que lo haya hecho tarde, y de forma imperfecta, no le resta mérito al gesto, en un país acostumbrado a que las corporaciones se protejan entre sí. Se puede (y debe) trazar otro estándar.
Chile no es Finlandia, ni Noruega, ni Suecia, por mucho que la aritmética fiscal insista en sugerirlo. El milagro no ha llegado. El 97,45% no mide la excelencia de un Estado, mide la eficacia con que ese Estado ha aprendido a no mirarse en el espejo y a saltarse la fila.
Ya es tarde para pedirle a Grau coherencia retroactiva. Pero si el exministro que hoy celebra un gráfico que exhibe el éxito del modelo chileno de verdad se ha convertido a la fe de la evidencia, bienvenida sea la conversión, aunque llegue después de profesar con profunda convicción la del relato torcido.