Un poco de humanidad
Antes de pedirle a una mujer que escuche un corazón, a nuestros parlamentarios les convendría escuchar el propio cerebro, alma o tan sólo que muestren algo de humanidad.
Antes de pedirle a una mujer que escuche un corazón, a nuestros parlamentarios les convendría escuchar el propio cerebro, alma o tan sólo que muestren algo de humanidad.
Quienes construyeron su relato político denunciando el algoritmo y la posverdad -a veces en giras internacionales financiadas con platas fiscales- terminan usando el mismo reel de quince segundos, el mismo recorte sin contexto, la misma frase que suena a drama y no resiste una lectura básica del Código del Trabajo. Miente, miente, que algo queda.
El PS no tiene un problema de comunicación interna. Tiene un problema de qué izquierda quiere ser, y esa pregunta no la va a resolver ningún almuerzo de comité. La van a seguir resolviendo a punta de dedo, en la Sala, con las cámaras encendidas.
La izquierda, que dejó el huerto marchito durante ocho de los últimos once años, sale ahora a explicarle al jardinero nuevo cómo se cultivan las verduras. No crece. Y no deja crecer. Ese, no otro, es el verdadero programa económico que la izquierda ha sostenido con más disciplina en las últimas dos décadas.
Thayer, que durante años le explicó al país cómo debía pensarse la migración, resultó incapaz de administrar la oficina encargada de gestionarla.
Lo urgente es encontrar a esos niños. Esa tarea ya no es de quienes los perdieron, sino que, por fortuna, de este gobierno.
La intervención de Boric es un intento ramplón de transformar en virtud lo que fue fracaso, y en responsabilidad ajena lo que fue decisión propia. Se puede discutir la política del CAE con seriedad. Lo que no se puede hacer es discutirla omitiendo que el interlocutor principal de esta historia es el mismo que prometió condonar, que vio subir la morosidad, que amplió las facultades de cobro y que hoy sale a indignarse por los resultados.
La misma izquierda que lleva años construyendo una industria retórica alrededor de la desinformación, la polarización y la degradación del debate público, encontró en ese grito no un síntoma del problema sino su reivindicación. La paradoja sería divertida si no fuera tan costosa.
La propuesta del Gobierno tiene complejidades técnicas que habrá que resolver con rigor, como las garantías del debido proceso, proporcionalidad de las sanciones, mecanismos de rehabilitación. El propio Kast reconoció que todos tienen derecho a rehabilitarse, pero que tiene que ser con hechos concretos. Ese matiz importa y debe quedar en la ley.
El Estado les falló a los niños más pobres de Chile de todas las maneras posibles al mismo tiempo: no les llegó la once, no llegaron los lápices, y tampoco llegó la autoridad que protege el derecho a estudiar en paz.