La once que nunca llegó
El Estado les falló a los niños más pobres de Chile de todas las maneras posibles al mismo tiempo: no les llegó la once, no llegaron los lápices, y tampoco llegó la autoridad que protege el derecho a estudiar en paz.
El Estado les falló a los niños más pobres de Chile de todas las maneras posibles al mismo tiempo: no les llegó la once, no llegaron los lápices, y tampoco llegó la autoridad que protege el derecho a estudiar en paz.
El PS lleva siete u ocho años bailando al ritmo de quienes lo humillaron. Sigue siendo el vagón de cola de una ultraizquierda que nunca lo respetó y que hace sólo cinco meses recibió la derrota electoral más contundente de su historia reciente.
El informe del Consejo Fiscal Autónomo tuvo la virtud de convertir a quienes más ningunearon el equilibrio fiscal en devotos seguidores de Hayek.
El gobierno de Boric terminó con un saldo de -30.682 empleos formales netos: el peor registro en veinte años de historia democrática. Mientras eso no se explique, la izquierda no tiene autoridad para dar lecciones de empleo.
La respuesta honesta, por mucho que incomode, es que no propone nada coherente, nada fundado, nada que pueda someterse al escrutinio técnico sin desmoronarse.
La izquierda chilena impulsó los retiros previsionales, expandió el gasto público más allá de lo sostenible y dejó las finanzas fiscales al límite. Ahora, desde la oposición, obstaculiza las medidas correctivas y repite la misma retórica de siempre.
Hay que destacar que por fin no hubo medias tintas. Conmovedora la celeridad del Partido Comunista, de la Coordinadora Feminista 8M, de Elisa Loncon... todos ellos condenando a coro el ataque a Ximena Lincolao. Tenemos Patria.
No estamos frente a la ignorancia ingenua. Estamos frente a la manipulación deliberada. No es que el bufón no entienda. Es que prefiere no entender en público. Porque la confusión, cuando se administra bien, es rentable.
No les incomoda la violencia cuando sirve a sus propósitos. No les molesta que se intente desestabilizar a un gobierno recién asumido. No les preocupa desconocer el mandato ciudadano. La democracia, para ellos, es válida sólo cuando ganan, porque cuando ganan viven del fisco.
Tal vez por vergüenza, por tozudez o porque simplemente no tenía las respuestas, Bachelet nunca fue capaz de explicar por qué les dio la espalda a los niños -al verdadero futuro del país- y puso todas las fichas en los incumbentes, en aquellos incipientes agitadores políticos que exigían gratuidad en sus estudios profesionales.